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VIAJE
A JAPON
Japón, la cuna del sumo, el país que todo aficionado a este deporte
quiere conocer. En Septiembre de 2006 me fui a ver en directo el Aki Basho. Este es el relato de mi viaje al país del sol naciente.
Introducción - Comienza el viaje - Primer contacto con el sumo - Empieza el espectáculo - La lucha de los dioses - Turismo por Tokio - Komatsuryu dojo - La Tomozuna beya - Barbara y el tifón - Senshuraku - Senshuraku party - Daishi - Sentir el sumo
Artículo
que escribí para la revista Sumo Fan Magazine contando mi primera experiencia con el mundo del sumo en directo.
Gracias a las modernas comunicaciones ya
no está tan lejos. Tampoco es tan caro, o al menos está a la altura de
muchas de las principales capitales europeas. Ninguno de los tópicos que
hasta el momento a uno le han impedido viajar a Japón es actualmente una
excusa para no decidirse a sacar el billete e ir a ver en directo un torneo de
sumo. Y que mejor sitio para hacerlo que Tokio, el centro mundial de este
deporte.
Es difícil explicar las sensaciones que uno tiene una vez que se pisa el
aeropuerto de Narita. Nervios a la hora de iniciar el viaje soñado, miedo
ante los desconocidos y complicados kanjis japoneses, incertidumbre ante la
diferencia cultural entre oriente y occidente… todo ello es una mezcla
explosiva que hace que todo sea excitante desde el primer día.
Si eres un aficionado al béisbol sin duda has de ir al Yankee Stadium de
Nueva York, si lo eres al fútbol querrás viajar a Madrid para ver el
Santiago Bernabéu, si te gusta el baloncesto disfrutarás en el Boston Garden,
pero si lo que te gusta es el sumo no hay lugar en el mundo como el Ryogoku
Kokugikan. Y sí, allí estaba él, invitándome a entrar desde el primer día,
antes incluso de que el torneo hubiera comenzado, con la arrogancia del que se
sabe poseedor de todos los secretos y de los más preciados tesoros para los
aficionados al sumo.
Y es que un torneo de sumo en el Kokugikan no es un torneo cualquiera. El
ambiente que se respira desde el primer día hace que todo sea especial, el
olor al bintsuke del pelo de los luchadores te atrapa desde el primer momento
y la magia de la lucha en directo hace que prácticamente ningún deporte
pueda hacerle sombra al sumo en cuanto a plasticidad y elegancia.
Quizás la mayor sorpresa que uno se encuentra es la tremenda competitividad
existente en todas las categorías. Uno puede llegar a ver los combates con la
idea de que en las categorías inferiores los luchadores son pequeños,
delgados y con poca técnica, pero la realidad es que prácticamente todos los
que suben al dohyo para pelear lo hacen convencidos de su fuerza y desarrollan
todo un recital de técnicas y de demostraciones de poder que asombran a todo
el mundo. Y al ver los combates de Makushita ya te puedes dar cuenta de lo
realmente difícil que resulta llegar a las categorías superiores, porque el
nivel que allí se despliega es similar al de Juryo y a veces similar al de la
parte baja de Makuuchi.
Uno de los momentos más increíbles de todo el viaje es cuando por fin
empiezas a poner cara a todos esos nombres con los que durante años has
compartido tu pasión por el sumo; Mark, John, Barbara, Katrina, Rob, Harumi,
Martina, Doreen, David, Verena… e incluso ser capaz de contagiar esa misma
pasión a compañeros nuevos, como a dos amigos de Barcelona con los que
coincidí en el hotel y que decidieron levantarse muy temprano en la última
jornada para poder conseguir dos entradas con las que acceder al Kokugikan y más
tradicionales e interesantes de la cultura japonesa.
Los luchadores… bueno, los hay más y menos simpáticos, pero yo guardaré
ya para siempre las fotografías realizadas a los luchadores durante su
entrada al Kokugikan, o las que tengo junto a luchadores, actuales o
retirados, como el Ozeki Kaio, el Yokozuna Musashimaru, Toki, Kitazakura u
otros de categorías inferiores como Minaminoshima, Gagamaru, Tochinoshin,
Kainowaka o Kaisei.
Quizás a mucha gente 15 días viendo sumo le pueda parecer excesivo, pero
puedo asegurar que no lo es en absoluto. Por el contrario el tiempo pasa muy
deprisa y cuando uno quiere darse cuenta ya te encuentras observando el
senshuraku y diciendo adiós a todo lo que ha significado sentir toda la magia
del sumo por primera vez en la vida. Una persona incluso me comentó que le
daba envidia el poder disfrutar de ese sentimiento que se tiene la primera vez
que una persona viaja a Japón para ver y sentir el sumo. Sí, es cierto que
quizás todas esas sensaciones sean únicas y no vuelvan nunca más, pero
estoy seguro de que la próxima vez que acuda a Japón a ver un torneo volveré
a sentir eso tan especial que me hará pasarme horas sentado frente al dohyo
viendo combate tras combate.
A lo mejor el que haya leído este artículo hasta el final no acabe de tener
muy claro cuáles son esas sensaciones de las que he hablado, pero le puedo
asegurar que si decide viajar a Japón a ver un torneo en directo las
experimentará igual que yo. Y es que el sumo no es sólo un deporte, es mucho
más que eso. Y hay que vivirlo en directo para poder sentirlo.