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VIAJE
A JAPON
Japón, la cuna del sumo, el país que todo aficionado a este deporte
quiere conocer. En Septiembre de 2006 me fui a ver en directo el Aki Basho. Este es el relato de mi viaje al país del sol naciente.
Introducción - Comienza el viaje - Primer contacto con el sumo - Empieza el espectáculo - La lucha de los dioses - Turismo por Tokio - Komatsuryu dojo - La Tomozuna beya - Barbara y el tifón - Senshuraku - Senshuraku party - Daishi - Sentir el sumo
Komatsuryu-dojo
En este viaje quería no sólo ver todo lo
relativo al sumo profesional sino que también tenía mucho interés en ver
luchadores de sumo amateur. Y para ello nada mejor que acudir con el irlandés
John Gunning a una sesión de entrenamiento en su dojo, cosa que hacen todos
los domingos por la mañana en un edificio de varias plantas que está
dedicado por completo a los deportes. El recinto está situado en el parque
Sumida, bordeando el río del mismo nombre, hacia el norte desde el barrio de
Asakusa. Yo había quedado con John en las puertas del Kokugikan ya que él
tenía que sacarse su entrada para ver los combates del día, y como los fines
de semana siempre hay mucha gente haciendo cola nos tocaba madrugar. Desde allí
fuimos paseando hasta el dojo, unos 45 minutos aproximadamente a paso
tranquilo. Aprovechamos para pasar por delante de la Ajigawa beya en un
momento en que casi todos los luchadores estaban en la calle tomando el aire
tras el keiko diario, y entre ellos pude reconocer a Aminishiki y a su hermano
Asofuji.
Tras llegar al dojo, John se dirigió a una máquina en la que sacó un ticket que todo el que va a utilizar las instalaciones tiene que sacar, de diferentes precios dependiendo del deporte que se vaya a practicar. Ese ticket luego lo pegaban en un tablón que había a la entrada del dojo de entrenamiento, en donde me presentó a los pocos que allí estaban, ya que llegamos de los primeros. La verdad es que todo el mundo se quedó bastante asombrado de que un español hubiese querido ir a ver un entrenamiento de sumo amateur y aún se asombraron más cuando John les dijo que había escrito un libro sobre sumo. Incluso me felicitaron ya solamente por el hecho de haberlo escrito. Realmente eran todos muy agradables y amistosos.
El entrenamiento en sí no difería mucho
de lo que se realiza en un keiko normal de una heya. Los ejercicios son los
mismos y tan sólo cambia el que los combates se realizan entre luchadores de
categorías similares. Empezaban los niños, algunos de ellos muy pequeños
pero que se esforzaban tanto como
el que más, animados sobre todo por los
padres que estaban allí viendo el desarrollo del entrenamiento como yo. Después
iban pasando los luchadores de más edad hasta que llegaban los pesos pesados
del dojo, entre los que debía encontrarse John si no fuera porque aún estaba
convaleciente de una lesión en su brazo que le impedía no solamente realizar
cualquier tipo de contacto físico sino que incluso le impidió formar parte
del equipo amateur de Irlanda que se presentó por primera vez al Mundial en
Octubre en Osaka. La verdad es que había luchadores muy fuertes e incluso
John me comentó que uno de ellos era muy posible que acabara entrando en el
Ozumo.
Tras el entrenamiento, nos volvimos al Kokugikan para ver los combates del día, no sin antes hacer una escala técnica en una de las muchas tiendas existentes en la ciudad para comprar algo de comer para degustarlo dentro del pabellón. Mientras volvíamos teníamos que pasar de nuevo por la zona de Asakusa y Ryogoku, que como ya he comentado anteriormente es una de las más típicas y que más recuerdan al Japón antiguo. Pues bien, como ese fin de semana coincidía con la entrada del otoño y los japoneses son muy dados a realizar todo tipo de festejos a la mínima oportunidad, nos cruzamos por la calle con un montón de desfiles de diferentes grupos locales que portaban sobre sus hombros una especie de trono o altar sintoísta, en lo que sin duda era una celebración para dar la bienvenida a la nueva estación. El propio John me dijo que alguno de estos desfiles estaban formados por miembros de la Yakuza, la mafia japonesa, aunque lo cierto es que mientras les respetes y no te metas con ellos, incluso los nipones más peligrosos rara vez se enfrentarán a ti.
La jornada acabó en el Kokugikan viendo todos los combates de Juryo y Makuuchi. A continuación fui en tren hasta casa de Mark, que me invitó a conocer a su familia y a cenar con ellos. De forma algo sorprendente conseguí encontrar en una tienda de la estación de Ueno una botella de vino español así que la compré y se la llevé para que la disfrutaran el día que quisieran. La cena fue excelente, con todo tipo de platos típicos japoneses, tantos que nos fue imposible acabar todo lo que había encima de la mesa. Además estuvimos viendo un partido de la liga inglesa de fútbol entre el Chelsea y el Liverpool, en el que además enseguida hicimos dos bloques, porque mientras Mark animaba a los primeros, su mujer y yo decidimos claramente posicionarnos a favor del Liverpool… con poco éxito, lamentablemente.
No prolongué mucho más mi estancia en casa de Mark porque al día siguiente me esperaba una visita a la Tomozuna beya y ya sabemos que cuando uno va de visita a una heya, no queda más remedio que madrugar.